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Archive for 28 febrero 2017

Mucha gente ignora que es necesario beber agua cuando se tiene sed, pero no es obligatorio (ni saludable) beber cuando no se tiene sed. Desde hace mucho tiempo yo ya sabía distinguir entre dos litros de agua al día y dos litros de líquidos al día. Es decir, en la fruta, en la ensalada, en el vino o cerveza de las comidas también hay agua. Entonces ¿por qué tragarse, además, dos litros de agua sin gana?

Resulta que ya disponemos de un nuevo estudio que nos avisa de los posibles perjuicios de abusar del agua exclusivamente por la leyenda urbana de “beber dos litros de agua al día es bueno”. Pues no.vaso-de-agua

Científicos de la Universidad de Monash, Australia, han cuestionado el consejo de beber una cantidad de agua predeterminada al margen de la predisposición física. En el estudio, cuyos resultados han sido publicados en la página web de la universidad, los investigadores analizaron con una resonancia magnética los procesos que surgen en nuestro cerebro cuando nos obligamos a beber agua, aunque nuestro cuerpo no demuestre deseos de hacerlo.

Resultó que el cerebro activa los procesos de “inhibición de ingesta” tras el consumo de líquido en exceso. Este mecanismo del cuerpo humano sirve para regular la ingesta de líquidos y nos protege de un exceso de agua, que puede causar una intoxicación potencialmente fatal.

La hiponatremia representa un peligro, porque los niveles vitales de sodio en la sangre se tornan anormalmente bajos. Los síntomas de este proceso varían del letargo y náuseas, pudiendo llegar a convulsiones y el coma, afirman científicos.

“Había casos cuando atletas de maratones recibieron instrucciones de beber mucha agua y murieron en determinadas circunstancias, ya que ciegamente siguieron esas recomendaciones y bebieron muy por encima de lo que necesitaban”, comentó uno de los autores del estudio, el doctor Michael Farrell.

Si solo hacemos lo que nuestro cuerpo nos exige, probablemente vamos a hacerlo bien: simplemente beber de acuerdo con la sed en vez de una programación elaborada“, apuntó Farrell.

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Hace un tiempo publiqué un post titulado “Mi Cultura”, escrito por Anaxícrates. Y a pesar del paso del tiempo no pierde fuerza. Antes al contrario, la gana. Incluso en sus comentarios de entonces:

Tengo una cultura especial, pues no he encontrado a mucha gente que la comparta. Además, como esas gentes no forman un grupo geográfico, ni racial, ni lingüístico, aumenta su rareza. Incluso comparto la misma cultura, o al menos me siento identificado, con gente que ha vivido en otras épocas. No sé, entonces, si técnicamente se le puede llamar “cultura”, en todo caso llamémosla “costumbre personal”.

Tengo la costumbre personal de no respetar crueldades o estupideces en nombre de la cultura, el arte, el sentimiento popular y, menos aún, de una creencia infundada o, en el peor de los casos fundada en un ente llamado dios cuyas formas y caprichos son tan variados como “culturas” hay.

El no respeto, muchas veces se transforma en un profundo disgusto – cuando no en un gesto de asco, el asco que viene de una mente consciente, no el que viene de las tripas – pero muchas veces en una risa profunda y burlona. Como Mark Twain, creo que la risa es una poderosa arma aún no aprovechada por la especie. No es casual que cuanto más estúpido es un acto, más solemne es ¿O no es estúpido y cruel cortarle el prepucio a un niño en nombre de una tradición o de un dios que nunca da prueba de su existencia? ¿No es estúpido acaso pensar en un dios todopoderoso preocupado por el prepucio de un infante? Es tremendamente estúpido, incoherente y hasta ofensivo para un dios que presume ser el creador del universo. Sin embargo nadie se ríe en tales ceremonias. Como nadie se ríe cuando se pretende que un pedazo de pan se transforma en el cuerpo de un dios. La solemnidad es en realidad el resultado de siglos de represión de turbas ignorantes hacia el que, en distintas épocas, pudo ver más allá de su ignorancia y sus miedos (el hombre que Diógenes buscaba con una linterna).

Sin embargo no ando por las iglesias ni por las sinagogas riéndome de tales cosas, como no entraría en una mezquita con un perro. Soy consciente que en tales situaciones correría riesgo mi vida, pues la solemnidad y el no pensar se ha logrado por siglos de represión. Pero si alguien me asegurara que no pasa nada, tampoco lo haría. Solo conseguiría enfurecer a mentes ya domesticadas y lo único que ganaría es que “se sientan fortalecidos en su estupidez”, perdón, “en su fe”. La risa rinde efecto en ambientes más íntimos, no entre piaras de fanáticos que se apoyan unos a otros. Al fin y al cabo, son ellos los que seguirán perdiendo el tiempo, y en el caso de un musulmán quien se pierda del afecto de un perro.

Sin embargo, ante esta resignación de saber que no podré cambiar el mundo yo solo, hay algo que me irrita y no me acostumbro. Es cuando me encuentro ante el que pretende, mediante una cierta “intelectualidad”, justificar cosas crueles o tontas o sin sentido. “Es que no captas el significado profundo del génesis”, dicen algunos, por ejemplo, ignorando que el génesis bíblico es una leyenda más de las tantas que se crearon para explicar lo que no se podía. Como si serpientes que hablan, manzanas envenenadas, dioses coléricos y castigos fueran la única leyenda. Ahí tenemos el Jardín de las Hespérides, Prometeo encadenado y el fuego robado a los dioses ¿Hay algún otro significado profundo que los ya conocidos? No. Entonces ¿Por qué el relato bíblico debe tener “algo especial”? o mejor dicho ¿Qué pruebas tiene de tal “especialidad”?

“Es que no entiendes de la tradición judía de cortar el prepucio y chuparle el pene al niño”, dicen otros. Como si fuera la cosa más lógica del mundo, o la más sana o que al menos tiene una utilidad no del todo manifiesta. Pero no, la explicación es que un dios –de nuevo el gran escondido– lo ordenó como signo de una alianza. Y nos quedamos todos más alegres cantando loas al señor sin que nadie pregunte si dios no tenía algo mejor que hacer o, de otro modo, hasta qué punto no fue una imposición hecha por una perdida jerarquía religiosa en los albores de la humanidad. Peor aún, SABEMOS que el prepucio cortado es fruto de la locura de alguna casta sacerdotal y sin embargo se continúa practicando, y cuidadito con señalar semejante imbecilidad porque entonces eres un ignorante, un ignorante de no saber disimular las ignorancias ajenas.

“Es que las corridas de toros son un arte y no entiendes de lo artístico que queda un toro sangrando y mugiendo de dolor y babeando de rabia impotente” dicen otros. Pues lo siento, como en el arte no hay “nada escrito” diré lo que mi cultura me enseñó: veo un par de tipos con traje de mariquita cobardemente torturando un animal del que sacan largas ventajas, hasta que alguna estupidez esporádica, una cornada, justifica su valentía.

Son todas estás justificaciones las que más me enervan porque sé que vienen de gente medianamente ilustrada, cuando no universitarios, y porque viene de gente, muy probablemente, mejor que yo. Entonces si yo pude haber superado en muchos aspectos mi propia estupidez y las costumbres que me impusieron (cuando era niño mataba pajaritos hasta que pude reflexionar sobre esta crueldad inútil), si yo pude aprender de otras culturas (una vez escuche a un árabe decir “nos tildan de sucios porque nos sonamos la nariz y largamos nuestros mocos en la calle, pero ustedes se lo guardan en el bolsillo”, y desde aquello uso pañuelos descartables que tiro a la basura) ¿Por qué extraña causa tamaña cerrazón mental al punto de justificar intelectualmente las crueldades o estupideces en nombre de la cultura, el arte, el sentimiento popular o una creencia infundada?
Firmado: Anaxícrates. (Y Siesp lo suscribe).

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