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Archive for 16/09/12

Anaxícrates no era griego

Anaxícrates ES -actualmente-un pensador argentino que nos regala este ensayo sobre la evolución de la Humanidad (gracias, amigo):
“”Aún hoy, el hombre civilizado, que no tiene que estar escapando de un predador ni buscando al azar raíces o frutos comestibles, vive una guerra constante e invisible en todos y cada uno de los segundos de su vida. En cada centímetro cúbico de aire hay bacterias y hongos tratando de alimentarse de la sangre, la carne, la piel o cualquier tejido de su cuerpo. Más terribles aun miles de virus exploran constantemente la debilidad de cada célula para tomarla por asalto como se tomaban los castillos medievales, hacerla su esclava y que produzca para su perpetuación miles de copias de sí mismo hasta morir extenuada.

Imaginemos ahora la lucha por la existencia y los primeros pasos evolutivos de nuestros ancestros homínidos en un mundo donde, a estos peligros, se le sumaban la lucha diaria por la existencia con otras especies y una desprotección total a los fenómenos naturales: sin garras poderosas, sin extremidades muy fuertes como para correr o luchar, con una mandíbula y dentadura frágil comparada con la mayoría de los demás mamíferos que compartían una seca sabana africana. Su ventaja evolutiva era su incipiente cerebro, cuyas señales del mundo podía procesar de una manera novedosa, pudiendo distinguir causas y consecuencias, retener -memorizar – datos y establecer débiles relaciones. La otra ventaja era su condición de animal social, la manada era el lugar donde el individuo se disolvía para integrar un cuerpo mayor y así tener la posibilidad de sobrevivir algunos años más.

Pero a su vez, estas ventajas eran su maldición: recordar incluía acordarse del dolor y las causas que lo provocaban, y esto infundía miedo. Establecer relaciones implicaba también no encontrar causas para ciertos fenómenos y fue causa de frustración y un incipiente temor a lo desconocido que luego se convertiría en religión. Ser consciente implica comenzar a entender de nuestra finitud, saber de nuestra muerte. A la vez, ser un animal social implicaba estar sometido a la animalidad de la tribu, con un cerebro que era cada vez más individualista, y adquiría una noción del yo, una nueva fuente de angustia y frustración. Implicaba, además, desarrollar la afectividad, condición necesaria para que las madres se ocupen más de sus crías y darles tiempo a que el cerebro se desarrolle una vez nacidas y en pleno contacto con el mundo.

Nuestros niños no nacen sabiendo caminar como lo hacen la mayoría de los mamíferos, sino que lo aprenden y ese contacto con el mundo en el proceso de aprendizaje deja muchas más huellas en el cerebro que las meras necesarias para caminar. La afectividad podía ser una fuente de placer cuando la cría trepaba a los brazos y se acurrucaba, pero también, combinada con la noción de muerte, una fuente de angustia y dolor –un nuevo tipo de dolor, un dolor psíquico- cuando la mayoría de las crías morían diezmadas por enfermedades, cuando no el hambre.

En ese estado, nuestra especie pasó cientos de miles de años hasta que encontró una manera más fácil de obtener comida: la agricultura y la ganadería, que a la larga trajo la construcción de las primeras ciudades. El hombre dejaba ya de ser presa fácil de los demás animales y ponía a otros a su disposición. Fue en las primeras ciudades donde la noción de causa-efecto se fue puliendo, surgiendo así las primera predicciones, aunque algunas no estaban basadas verdaderamente en este principio –la aparición de Sirio al este no era causa de la crecida del Nilo, era una coincidencia, por ejemplo- pero igual servían. En otros casos ante la ausencia de causa se buscaron causas ficticias, el mundo de lo sobrenatural daba sus primeros pasos.

Apenas dos mil quinientos años atrás, se dio el gran paso. Las ideas Jónicas de un Cosmos y un logos cambiarían para siempre a la humanidad. Por supuesto que como todas cosas del hombre sufrieron las peripecias de todo pensamiento humano. A poco de nacer, el natural ateísmo que implicaban estas ideas fue aplastado por ideas más arraigadas y que habían estado presentes desde mucho tiempo atrás y que costaba dejar, pues durante miles de años funcionaron. Sin embargo, adaptadas ya a la natural lucha contra las ideas religiosas, las grandes ideas siguieron adelante.

En Alejandría tuvieron su cenit, y como consecuencia de viejas ideas traídas de oriente para aplacar la angustia de un imperio en decadencia, durante más de mil años apenas sobrevivieron a los avatares de la historia. Fue el cristianismo el encargado de la demolición, pero si no era éste, bien podía haber sido el mitraísmo o los seguidores de Dagón. Creencias sobrenaturales encargadas de aplacar a las masas cuando entran en pánico. Sorprendentemente algunos cristianos hicieron de rescatistas, pero antes, un pueblo destinado a caer en una red de fanatismo religioso y oscurantismo en siglos venideros, los árabes, fueron los verdaderos salvadores. Hasta se permitieron hacer algunas correcciones y aportes novedosos. Con el tiempo las dos grandes ideas se vieron definitivamente sometidas a dos grandes conceptos: pensamiento racional y ciencia.

Sería ociosa una lista de todo lo que implicó la ciencia para el bienestar de la humanidad desde el Renacimiento en adelante, aunque todavía hay una gran masa desinformada y mal formada en torno a estos acontecimientos y beneficios, a pesar de que hacen uso y goce de los mismos. Más valor tiene rescatar un aspecto que pasa aún más desapercibido. Con el pensamiento científico, junto con las mejoras en nuestras vidas que la civilización trajo, se abrió la posibilidad de contemplar el mundo de una nueva manera: mediante el asombro y el goce estético.

Desde el macrocosmos las estrellas dejaron de ser dioses o señales divinas para convertirse en los hornos donde se cocina la materia de lo que está hecha nuestra carne. El movimiento de los planetas dejó de ser una señal de perfección para someterse a las mismas leyes que hacen que una manzana caiga del árbol. Pero hay más, mucho más.

El otro día miraba unas fotos de unas hepáticas que había obtenido de un campo cercano a mi ciudad. Estaban las hepáticas, pero también salieron otros seres en la misma: algas terrestres del grupo de las “algas verde-amarillas” (Xantofíceas), algas filamentosas, un hongo, decenas de musgos en crecimiento, una planta entera de Crassula bonariensis cuyas flores son del tamaño de un milímetro y numerosos brotes de otras plantas con flores. En 300 cm cuadrados de suelo la vida aparecía en forma visible para el ojo como una variedad de formas maravillosas que daban cuenta de su evolución en cientos de millones de años. Bioquímicamente y estructuralmente todas son distintas, pero todas tienen el mismo código para formar tal variedad.

El que conoce, aunque no sea profundamente, lo que la ciencia tiene para contarnos, ve el mundo de otra manera. Hay leyes que unen a las bacterias del suelo con una ballena azul. Los pigmentos para la fotosíntesis son los mismos en un alga filamentosa y en una hepática, y los principios de funcionamiento –mediante la captura de un fotón y la liberación de un electrón– son explicados por las mismas leyes por las cuales allá lejos, enormemente lejos, la luz de una estrella se produce, llega a nuestras ojos y la podemos ver.

El que desconoce esto, o lo integra mal en un entramado de superchería y superstición que tiene establecido, pierde la opción de avanzar. En su lugar queda un caótico mundo de seres sobrenaturales que nunca dan señales de existencia, que sólo están en su cabeza y son tan caprichosos y grotescos como lo puede ser el sueño o una pesadilla. En su lugar quedan las oscuras elucubraciones de algún personaje psicótico, como Nostradamus o Zecharias Sitchin, cuando no un mago de cuarta como Sai Baba. En su lugar quedan grandes teorías conspirativas que explican la complejidad social de una manera burda e infantil.

La mente apenas evolucionada de nuestros ancestros sigue estando presente en los que desconocen el mundo tal como se sabe que es. Y es desde estas pobres y primitivas maneras de donde se nos acusa de ser cerrados de mente, ignorantes y hasta una suerte de señor Spock, incapaces de apreciar la belleza y tener sensibilidad””.

Relacionados: Teoría de la evolución (I), Teoría de la evlución (II)Descubierto el eslabón perdido, La Iglesia y la Biología, La edad de la Tierra, El cambio climático II, El origen y evolución de la Tierra y El cromosoma Y.

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