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Archive for 20/12/10

Nuestro amigo y comentarista Oswaldo X me mandó esta reflexión como homenaje a Car Sagan para hoy 20 de diciembre en el Día Mundial del Escepticismo. Mis homenajes anuales figuran al final. Pero lo mejor es tener al gran Maestro presente en nuestro día a día, en nuestra manera de afrontar los hechos de nuestra vida. TESTIMONIO DE UN “MONO ESCEPTICUS”: UNA REMEMBRANZA A CARL SAGAN.

Hasta hace algunos años, mi visión del mundo vivía aún cautiva en sintonía a las doctrinas fundamentalistas impuestas por el sistema y sus valores decadentes para sumergir el librepensamiento en el letargo, sin darme cuenta de mi dilución entre las multitudes satisfechas con dictados que solo alimentan la catatonía intelectual de las masas. Peor aún, el horizonte inmediato de la sociedad en que vivía no parecía ofrecer una ruta hacia el saludable cuestionamiento de los dogmas y las taras que aceptamos sumisamente.

Pero un día, de significación personal casi mística por lo que implicaría como trascendencia en mi vida, rememoré vagamente con una fugacidad que intentaba rescatar un escurridizo destello entre mis recuerdos más lejanos de la infancia, a un hombre con aspecto de típico ciudadano de la época romántica de la cultura disco. Ese hombre de maneras gentiles y didácticas que aparecía en las pantallas de mi viejo televisor que agónicamente recogía unos pocos canales de señal abierta a fines de los años 70 se llamaba Carl Sagan. Aquel tipo ejercía un extraño hechizo y empatía conmigo, una conexión indescriptible en ese momento, me decía que algún día sintonizaríamos en algún plano trascendente de la vida que no podía definir por entonces en medio de mis mundanas e inofensivas inquietudes infantiles. Pero su liberador germen había sido sembrado inadvertidamente en mi conciencia esperando un oportuno momento de emerger.

Mono escéptico

Mono escéptico

Cuando la curiosidad por entender el significado de su paso por este mundo me llevó a buscar las referencias de su nombre, todo lo demás llegó por su propio peso. El acceder a sus maravillosos libros y en especial a reencontrarme con el indispensable “Cosmos” que en mis años de inocencia despreocupada no llegaba aún a entender del todo, me llevaron a mi propia edad del renacimiento. Pese a haber egresado de las aulas de una prestigiosa facultad de mi país, quedaban rescoldos de oscurantismo en mi ser que me impedían evolucionar a un plano de firme racionalidad, pues como le ocurre a muchos, es una certeza que la educación sólo te hace educado, mas no listo o estrictamente racional. Pues la cultura a la que idealmente aspiramos implica un plano más excelso que el mero o pasivo acumulo de títulos académicos atiborrando paredes.

Ese hombre de estilo amable, elegante e inteligentemente didáctico para presentarnos su visión del mundo – sutil o explícitamente genial – con sus maravillas y demonios, era inflamable para la esencia de mi sustancia gris. Su esclarecedor mensaje me permitía asimilarlo con una espontaneidad casi predestinada y me bastaba eso para que todo rezago de superstición y pensamiento mágico perdiesen significado y coherencia en mi renaciente raciocinio, y empezaron a desaparecer de mí esos demonios, aquellos ensueños de oscurantismo que mi entorno se prodigaba en cultivar, los viejos tabús, los mitos que me chantajeaban desde la niñez y a los que había sido condenado por el sistema estatutario, caían pulverizados sobre sus resquebrajados e inconsistentes cimientos de barro, los falsos profetas, las creencias sin coherencia y las metástasis de las tinieblas medievales. Entendí que la superstición, es un cordón umbilical que nos une al mono troglodita, es una llamada de auxilio desde nuestro desvalido intelecto, es una capitulación del estrato cortical y es nuestra renuncia al regalo supremo de la evolución: la inteligencia.

El amor por el conocimiento trascendental y liberador empezó a instalarse inadvertidamente en mi filosofía de vida, la indispensable ciencia y sus fantásticas oportunidades le habían arrancado a la superchería y al oscurantismo una mente que encaminaba al abismo. Escapar de la cautividad del pensamiento mágico religioso liberándome de los demonios hacia la explosividad del librepensamiento lúcido, racional y sin chantajes significó de una plenitud indescriptible, fue como descifrar el código para convertirse en el verdadero humano que duerme en nosotros – y que muchos apenas tienen como potencialidad – evadiendo la animalidad elemental para por fin convertirse en la merecida encarnación consciente del Cosmos del cual éste no se avergüence. El camino a nuestra versión del superhombre de cara al futuro está así señalado, es el camino liberador de las taras opresoras de la humanidad.

El mundo crea sus demonios y estos toman el control de sus mentores que terminan sumisos ante su creación, aunque luchar contra esos demonios pareciera ser como luchar contra la Hidra de Lerna, que siempre emergerá con otra repugnante cabeza en algún lugar y tiempo bajo alguna forma ominosa. Carl Sagan, el humanista, el científico, el divulgador, deja un legado invalorable como entre quienes lo leyeron alguna vez, pocos hombres como él fueron capaces de esclarecer las tinieblas. Mientras la fuerza letal y la diatriba son el argumento de los célebres brutos de gloria efímera, en el campo de batalla de las ideas, son iluminados de pensamiento como Carl Sagan quienes obtienen las verdaderas victorias imperecederas y valiosas. Todos quienes tenemos una deuda de libertad con el gran divulgador no podemos menos que pagarla con la pertinente conservación y propagación de su llama intelectual señalando el camino divergente alternativo al oscurantismo. La filosofía de Carl Sagan no descansará en paz mientras sus hijos espirituales y los ecos de su intelecto esparzan la nobleza civilizadora del escepticismo y la ciencia que él tanto amó y se esforzó en entregarnos como un regalo tan valioso como nuestras vidas mismas.

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